IVET DÍAZ COLLDEFORNS
Tuve la suerte de conocer a Fernando de pequeña, y uno de los recuerdos más profundos que conservo de él es la calidez y el afecto que irradiaba. Era una persona extraordinaria, de una gran humanidad y generosidad, con una sensibilidad muy especial para mirar, escuchar y acoger a quienes tenía a su alrededor. Hacía sentir a todo el mundo importante, valorado y querido, y transmitía, con sus gestos y su manera de habitar el mundo, que la solidaridad, la cooperación y el compromiso con los demás son mucho más que palabras.
Como él mismo decía: «Trabajamos porque creemos que debe existir algo que se llama justicia, donde las fronteras no sean cicatrices que separen a unas personas de otras, porque bajo la piel todos somos iguales».
Por eso, cuando se me presentó la posibilidad de unirme a la Fundación, sentí que era una oportunidad muy especial para mantener vivo todo lo que Fernando había sembrado. Formar parte de ella es, para mí, una manera de cuidar y hacer crecer esa semilla para que siga dando fruto en la vida de muchas otras personas, tal como un día también lo hizo en la mía.
